Nacido en El Palomar en 1947, Donn se formó desde los ocho años en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. A los ocho años, la plasticidad neuronal es un jardín fértil. Los huesos, los musculos, la memoria emocional: todo se impregna de ritmo, de disciplina, de belleza.

Donn absorbió la enseñanza de grandes maestros, entre ellos Maria Fux, -quien décadas después nos recordaría que “el cuerpo es el lugar donde todo empieza”- y luego llevaría esa sabiduría a los escenarios del mundo, hasta que la muerte lo encontró en Lausana, en 1992, aunque su danza sigue viva, porque empezó cuando el mismo empezaba a ser.
Pero esta fecha nos invita a preguntarnos: ¿qué sería de la danza sin la comunidad que la sostiene? ¿Qué sería del bailarín sin la tribu que lo mira, lo acompaña y baila con él? En Ser Tribu creemos que la danza es un acto colectivo. En el folklore argentino, en el flamenco, en la danza clásica, en los ritmos centroamericanos, en cada expresión que nace del cuerpo, cuando el movimiento se comparte, nace la comunidad.

La conciencia del movimiento
Hablar de conciencia en la danza es hablar de María Fux, precursora de la Danza Terapia. Decía: "No me interesa el movimiento si no hay alguien adentro que se mueva". Y también: "El cuerpo es el lugar donde todo empieza". Isadora Duncan, la rebelde de los pies descalzos, agregaba: "Si pudiera decir lo que siento, no tendría que bailarlo". Ambas entendieron que la danza auténtica florece en libertad y en conexión con el otro.

El duende del flamenco: fuerza y genealogíaSi hay una danza donde la fuerza interior se vuelve carne, esa es el flamenco. La bailaora no ejecuta pasos: encarna un estado del alma. Aparece entonces el arquetipo de la gitana con personalidad, esa mujer que zapatea con furia contenida, que quiebra el aire con sus brazos y clava la mirada desafiando al destino.

No es enojo gratuito: es dignidad. Es la fuerza de quien lleva siglos de resistencia y los expresa en cada taconeo. Figuras como Carmen Amaya, la bailaora universal que rompió tabúes bailando con falda-corsé y zapateado de hombre, o Pastora Imperio, a quien Lorca dedicó sus Poemas del cante jondo, y Sara Baras, que hoy lleva el flamenco a los grandes escenarios del mundo, son ejemplo de esa potencia.

Ellas saben que el duende aparece cuando el intérprete se vacía por dentro y se llena de verdad. En ese instante, no es un individuo: es la voz de una cultura, de una genealogía de mujeres que bailaron antes y bailarán después. Es, quizás, la expresión más intensa de lo que llamamos comunidad: aunque el baile sea solista, nunca se baila solo. Se baila con los ancestros a los pies.
El folklore: danza que teje comunidad
En Argentina, el folklore es la manifestación más clara de esa danza tribal. Bailarines como Norma Viola y el "Chúcaro" (Santiago Ayala) lo sabían bien. Norma, con su técnica impecable, y el Chúcaro, con su zapateo de raíz, mantuvieron el folklore vivo como práctica de encuentro. Bailar una zamba no es solo ejecutar pasos: es invitar a la ronda, mirarse, reconocerse en el otro. Es hacer tribu. Y esa tribu se expande.

La Argentina también es reconocida mundialmente por grandes exponentes de la danza clásica, como Maximiliano Guerra, Paloma Herrera y Julio Bocca, quienes llevaron nuestra esencia al mundo, pero nunca dejaron de pertenecer a esta tierra. Entendieron que la fuerza está en las raíces, en la comunidad que los vio nacer.

Por eso hoy celebramos a todos los que forman parte de esa gran ronda: los que zapatean en una peña, los que bailan soleá en un tablao, los que pasan horas trabajando en una barra puliendo cada plie y cada arabesque, los que se entregan al vértigo del tango en una milonga, con el abrazo cerrado y los pies que dibujan en el piso; los que danzan descalzos encontrando nuevas formas en antiguos estilos; los que sueltan el break dance en una plaza y hacen del asfalto su escenario para desarrollar la postura correcta del ballet, las que dibujan el ocho con las caderas al son de un derbake; los que pasan dias y horas trabajando mudras y meditando en la danza. Todos son parte de la misma ronda, la que eligen danzar al ritmo del movimiento.

En Ser Tribu sabemos que la danza es un puente. Nos conecta con nosotros mismos y con los demás. Nos recuerda que el cuerpo es el lugar donde todo empieza, y que ese lugar es más hermoso cuando lo habitamos juntos.
Feliz Día a todos los bailarines y bailaoras que, con su arte, nos enseñan a ser comunidad. A los que se empoderan con el tacón y a los que susurran con la cadencia. Sigamos bailando, sigamos siendo tribu.