Tras recorrer el corazón devoto de Santiago del Estero, el viaje por el Camino Real cruza la frontera hacia Córdoba. En esta segunda parte, el paisaje se transforma en un espectáculo de cerros colorados, caminos rurales y pueblos que son guardianes de una historia viva, culminando en la icónica Villa Tulumba.
Como lo prometimos al final de nuestra primera parte, retomamos la travesía en la Ruta 9, cruzando el umbral invisible hacia Córdoba. Más precisamente, al Norte Cordobés, una geografía que late de otra manera.

Nuestra primera escala fue Cerro Colorado, un lugar mítico donde las laderas de los cerros son las páginas de un libro de historia abierto. Aquí, una siente la necesidad de saludar al espíritu de Atahualpa Yupanki, mojar los pies en el río que serpentea entre los colorados y simplemente contemplar la imponencia del paisaje, custodiado por las pictografías que dejaron los comechingones y sanavirones.

Es crucial aclarar que el recorrido que emprendimos desde aquí —adentrándonos por Churqui Cañada— es solo una de las entrañables puertas de acceso al vasto Norte Cordobés. La región, con sus múltiples caminos de tierra e historias por contar, se despliega mucho más allá de esta ruta específica que tomamos rumbo a Villa Tulumba. Desde allí, nos aventuramos por un camino de tierra que serpentea entre Churqui Cañada, Guayascate y Chipitín. Esta es la esencia del turismo rural: el polvo del camino, el cruce con un puesto de campo, el sonido del viento en los árboles. Esta huella nos depositó en San José de la Dormida, cuyo nombre rinde honor a su patrono, custodiado en una iglesia de 1878, un monumento de fé y arquitectura que se erige con la dignidad de quien ha visto pasar la historia.
Villa Tulumba: Un Corolario, No un Final

El viaje encontraba su corolario natural en Villa Tulumba. Llamarla "final del camino" sería inexacto; es más bien la síntesis y consagración de todo lo vivido en este tramo. Como dicen con sabiduría los santiagueños Tulumba es "la mama de las raíces", por su antigüedad y permanencia. Pasear por sus calles de tierra, visitar su iglesia y sentir la paz de su plaza es comprender la profundidad de estas tierras. La devoción a la Virgen del Rosario en su imponente templo es el latido espiritual de este pueblo-monumento.
Un Legado que Perdura
Estos caminos que nos unen, este Camino Real, tienen en el turismo religioso y rural, su hilo conductor más palpable. Es el referente histórico de la colonización hispana que nos atravesó, una capa cultural superpuesta a un sustrato mucho más antiguo, de cuando estas tierras eran el dominio de aquellos habitantes originarios y aguerridos, cuyas huellas fueron haciendo camino al andar y son algunos vestigios que hoy encontramos en esta hermosa fisonomia indigena y colonial. Hoy, el viajero que recorre esta región no solo visita capillas y santuarios; está pisando un estrato de historia viva, está participando de una tradición que fusiona el credo traído de Europa con el espíritu indómito de la tierra americana. Este trayecto, desde Silipica hasta Tulumba, es solo el comienzo de un descubrimiento mucho más profundo. Un viaje que, sin duda, transforma.
¿Te imaginas un reseteo digital por el Norte Cordobés?
En Ser Tribu seguiremos explorando los secretos mejor guardados de nuestra tierra. En una próxima entrega, nos desviaremos por la Ruta 9 hacia Jesús María y Colonia Caroya, para descubrir otra faceta de este norte diverso.

Pie de foto: Lugareños en Villa Tulumba