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"Ser Tribu"
VIVENCIA: CUANDO LA FE SE VUELVE CAMINO
Por Yicela Villavicencio
Por Ser Tribu
Publicado en 11/01/2026 04:11 • Actualizado 11/01/2026 04:59
Desarrollo Personal

Salimos de Sinsacate rumbo a Los Cocos, en el departamento Punilla, en la provincia de Córdoba, un destino que era mucho más que un punto en el mapa: una ilusión, un anhelo y una misión. Durante toda la semana previa, busqué una ruta alternativa al Camino del Cuadrado, ya que en temporada alta de turismo se convierte en una verdadera travesía. Finalmente, encontré el recorrido. Siempre pienso que todo está a la vuelta de la esquina, y más o menos así fue esta aventura. De Sinsacate a Los Cocos, por Cruz del Eje, hay dos horas de viaje y un hermoso paisaje para contemplar.

 

Como  comentaba, partimos de Sinsacate hacia Deán Funes. Desde allí, pasamos por Cruz del Eje y San Marcos Sierra, hasta que, casi sin darnos cuenta, llegamos a Capilla del Monte y, finalmente, a Los Cocos. Al entrar al pueblo, la calma se sintió desde el primer tramo de acceso. Inexplicablemente, a los cinco minutos de pisar esa tierra, ya sentía las ganas de quedarme para siempre. Nos dejamos guiar por la señalética hasta encontrar, sobre la ruta, un cartel modesto, como significativo, que reza: “Monjas”. Como un guiño discreto, señalaba el camino hacia el Monasterio Abba Padre. Al llegar, las puertas estaban abiertas, con las indicaciones para el horario de visita. Estábamos en el momento justo, así que ingresamos, atónitas, ante el paraíso que se revelaba frente a nosotras. Al final del sendero, una casa grande delimitaba el lugar, rodeada de árboles, arbustos y plantas aromáticas de todo tipo.

El aroma especial de salvias y lavandas esparcidas por todos lados anunciaba que este era un lugar donde la naturaleza y lo sagrado conversaban en silencio. Encontramos un cartel con instrucciones y, junto a él, una campana que hicimos sonar suavemente. De fondo, el viento traía voces sutiles y risueñas, nos permitimos esa invasión de felicidad compartida, aunque permanecimos en silencio, pues no quisimos interrumpir la alegría contagiosa del ambiente.

Desde uno de los senderos que confluyen en la casa grande, apareció lentamente una mujer vestida con un ábito marrón oscuro y una cofia de un tono más claro. Era la hermana Nancy: alegre, sonriente y devota, una de las monjas con más años en la Comunidad Monástica Abba Padre. Su bienvenida, cálida y amorosa, nos hizo sentir como en casa.

El recorrido por el monasterio fue una lección de complicidad profunda. Huertas cuidadosamente mantenidas, espacios de meditación al aire libre y finalmente, el corazón del lugar: una capilla pequeña cuyas paredes cuentan historias sagradas a través de coloridos pictogramas, como una invitación permanente a la contemplación.

El ambiente de recogimiento contemplativo representa un desafío para conectar verdaderamente con Dios y con una vida de abundancia espiritual, esa riqueza que solo habita en nosotros, esa verdad que la hermana Nancy supo transmitirnos desde el primer momento.

Pasamos toda la tarde allí, esperando el gran momento de la peregrinación.

Peregrinación Juntos

Bajo ese lema, las hermanas del Monasterio Abba Padre de Los Cocos llevaron adelante, el domingo 4 de enero, una gran apuesta comunitaria, religiosa y cultural: una invitación a caminar y vivenciar el amor junto a María, José y el Jesús recién nacido.

La peregrinación, que partió de la plaza del pueblo, estuvo impecablemente planificada y guiada por un profundo amor al prójimo. Contó con diferentes estaciones, cada una colmada de sentido espiritual e interpelador, vivificadas por las figuras de José, María y el Niño Jesús, que nos entregaron mensajes de cuidado, renuncia, escucha de la verdad y de aquella huida repentina que la Sagrada Familia tuvo que vivir para preservarse y proteger al Hijo de Dios vivo.

En cada estación, un nuevo mensaje nos llegaba al corazón, y las monjas obsequiaban un pequeño regalo a los presentes. Así, acompañadas por miembros de la comunidad, amigos de la fraternidad y nosotras, la tribu trashumante, entre mensajes de amor y granos de incienso, llegamos a la iglesia que las hermanas construyeron con ayuda de donaciones. Allí, la celebración fue sublime.

Nos esperaba la casa de Dios vestida con luces tenues, todo cuidadosamente coordinado y ambientado para la celebración eucarística —adoración al Santísimo—. Fue un momento de profunda conexión espiritual, de escucha interior en la presencia de Dios. Un rito ceremonioso elevado al unísono, con cantos y alabanzas que marcaron la entrada majestuosa de la imagen del Santísimo, con la música entonada por las hermanas de la comunidad, cual coro de ángeles que dulcemente interpretaban: “Esta es la luz que brilla eternamente”.

Todo ello movilizó nuestro ser por completo, vivenciando un momento de profunda emocionalidad y en lo personal alegría, la misma que sentí desde la primera conexión, explorando cada sentido que la divinidad nos ha regalado. Poder contar esto en primera persona, es sin duda, una bendición, un regalo para la humanidad, una conexión con la tribu que lee y se desarrolla, “El espiritu moviéndose entre nosotros”.

Existen apenas dos lugares en el mundo con este don único, este carisma especial y tenemos la fortuna de albergar uno de ellos aquí, en Los Cocos. Su hermano espiritual, igual de extraordinario, se encuentra en Paraná, Entre Ríos. Son iconos de una tradición singular, auténticos y excepcionales en todo el planeta. Más allá de la profunda riqueza espiritual que impregna el alma en este viaje, nos llevamos también pequeños tesoros tangibles, delicias que materializan el recuerdo: licores artesanales, gotas de consuelo natural, insignias que simbolizan la fe y denarios confeccionados con devoción por las manos de las hermanas.

Cada objeto es un pedacito de este santuario para seguir llevando en el corazón. En una época definida por el exceso de estímulos y la prisa como valor, lugares como el Monasterio Abba Padre ofrecen algo radical: la posibilidad de detenerse. No se trata necesariamente de conversión religiosa, sino de reconexión con esa dimensión humana que anhela significado, comunidad y silencio fecundo. 

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