Hay vidas que no se miden en años, sino en surcos profundos sobre la tierra y en el eco de voces que, de no ser por ellas, habrían sido silenciadas por el olvido. La historia del Padre José Alfaro, sacerdote escolapio nacido en Logroño un 8 de abril de 1937, es un testimonio de lo que sucede cuando la vocación trasciende las fronteras geográficas para convertirse en un puente entre culturas. Recientemente, el Padre Alfaro celebró 65 años de ordenación sacerdotal. Seis décadas y media de una entrega que lo llevó desde su España natal hasta los rincones más desafiantes de Argentina, India y Nepal. Miembro de la Orden de las Escuelas Pías, su misión ha sido siempre una: la educación como la herramienta definitiva de libertad.

La huella en Santiago del Estero fue un rescate de identidad
Durante sus 28 años en Argentina, su impacto en Quimilí, Santiago del Estero, marcó un antes y un después. Como párroco de la Iglesia Santa Rosa de Lima y rector del Instituto Mariano Moreno (hoy Escuelas Pías de Quimilí), Alfaro entendió y supo transmitir que educar no es solo transmitir conocimiento, sino honrar la raíz. En un gesto de vanguardia pedagógica y política, impulsó la formalización del quichua santiagueño en la currícula oficial de Escuelas Pias de Quimili. En una época donde la lengua nativa solía quedar relegada a la oralidad doméstica, Alfaro integró el idioma a la enseñanza secundaria, asegurando que los jóvenes de Quimilí no perdieran el hilo invisible que los unía a sus ancestros.

Esta labor se cristalizó en 1988 con la publicación de "Cultura Quichua Santiagueña", obra en dos tomos coescrita con el docente Vidal Ulloa. Basada en las enseñanzas de Domingo Bravo, esta pieza es hoy uno de los documentos lingüísticos más importantes para la recuperación del idioma en las márgenes del Río Salado. Alfaro incluso tradujo oraciones fundamentales como el Padre Nuestro al quichua, desafiando simbólicamente aquella Real Cédula de Carlos III de 1770 que, siglos atrás, pretendió borrar por decreto las lenguas originarias de América.
La escuela de música Santa Cecilia represento la melodía de la esperanza
Su paso por Quimilí no solo dejó libros y gramáticas. Con una sensibilidad artística profunda y la sabiduría que lo caracteriza, fundó la Escuela de Música Santa Cecilia y un coro polifónico, que funcionaban en horas de la tarde en las instalaciones del único colegio secundario que la comunidad tenia en aquella época. De aquellas aulas y ensayos no solo salieron notas musicales; de allí brotaron grandes valores artísticos que hoy llevan la identidad santiagueña en su ADN, demostrando que el arte es el lenguaje universal de la comunidad.

Todavía se siente el lamento de las chicharras y el re sentir de la tierra y el sol desde aquel dia que decidieron cerrar las puertas de ese gran espacio donde el ser Quimilense encontraba un cause, una posibilidad, su raíz, el cultivo del alma y del aservo cultural. Sin embargo, a pesar del tiempo, Alfaro sigue latiendo en el corazón y en la buena memoria de quienes han pasado por aquella casa de estudios y han mamado la sabia potente de la música, la raíz y la identidad.
Un misionero sin fronteras
En 1994, su espíritu aventurero y su inagotable capacidad de inculturación lo llevaron al estado de Aroor, en India, donde fundó una docena de escuelas. Pero el desafío no terminó allí. En 2012, inició su misión en Nepal, donde durante mucho tiempo fue el único misionero europeo en la región y donde actualmente reside y coordina la Fundación San José de Calasanz, a través de la cual reúne fondos para continuar con la misión educadora y liberadora. Su legado en el Himalaya es asombroso: aproximadamente 20 escuelas establecidas, brindando futuro en contextos de extrema diversidad religiosa y necesidad social.

El ser a través del hacer
Desde nuestra mirada en Ser Tribu, la vida del Padre Alfaro nos invita a una reflexión profunda: observar en su trayectoria la coherencia entre el ser y el hacer. Alfaro abrió mundos, mas allá de dar educación. Su capacidad para integrarse en culturas tan dispares —desde el monte santiagueño hasta las aldeas nepalíes— nos habla de una escucha activa y una empatía que trasciende el dogma.
El Padre José Alfaro nos enseña que pertenecer a una tribu no es cerrarse en lo propio, sino expandir el corazón para que el otro encuentre su propio lugar en el mundo.

"La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo". Esta máxima cobra vida en cada escuela, en lo que quedó de la Santa Cecilia y en cada palabra quichua que vuelve a ser pronunciada con orgullo gracias a este caminante incansable.
En la próxima entrega, compartiremos algunas de las cartas que el Padre José Alfaro envía cada mes a sus amigos, contando los avances de la obra del nuevo Hogar de Calasanz.
Agradecemos a la Profesora Mercedes Gil por compartir cada mes las misivas del curita trotamundos y por la imágenes compartidas aqui, que son un verdadero testimonio de fé, misión y compromis