Mientras Australia legisla para prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años y en Argentina se replican debates similares sobre el uso de celulares, una pregunta crucial emerge detrás de la letra fría de las normas: ¿Estamos legislando la protección o enmascarando una abdicación? La polémica, lejos de ser meramente tecnológica, toca la fibra más íntima de la crianza moderna. Ante la respuesta radical de la prohibición, la voz de especialistas como Mariana Savid Saravia, psicopedagoga con trayectoria en neuroeducación y ciudadanía digital, aporta un análisis necesario y desafiante.

Para Savid, estas medidas pueden ser “una respuesta fácil para una pregunta mucho más profunda”. En una reciente entrevista realizada por LU5, la profesional cuestionó la eficacia real del simple veto: “¿Es realmente proteger prohibir o es solo poner un candado en una puerta mientras dejamos todas las ventanas abiertas?”. Con aguda lucidez, Savid señala al verdadero núcleo del conflicto: “Creo que el enemigo es la falta de educación, la falta de diálogo sobre la experiencia en línea que están teniendo nuestros niños y adolescentes, y la ignorancia digital que nos atraviesa como adultos”. Esta “ignorancia digital” nos ha convertido, en sus palabras, en “huérfanos digitales”, una generación de adultos a quienes nadie enseñó a navegar este océano y que ahora, desde el miedo, pueden confundir la protección con la renuncia. “Prohibir puede parecer un acto de amor, pero en el fondo es un acto de renuncia a educar y acompañar”, sentencia la especialista. Este señalamiento no es una crítica a la preocupación legítima, sino un llamado a evolucionar desde el control unilateral hacia la construcción comunitaria.

En este sentido, Savid destaca como luz esperanzadora la iniciativa de las 300 familias mendocinas que pactaron colectivamente retrasar la entrega de celulares y el ingreso a redes hasta, al menos, los 13 años. “Me parece que es un acto de coraje colectivo, un recordatorio muy importante de que la crianza digital no puede ser solitaria y lo tenemos que hacer en red”, valora. Este “ritual de tribu moderna”, como lo define, modela el camino: la responsabilidad, cuando se comparte, deja de ser una carga aplastante para transformarse en un tejido de apoyo. El camino, entonces, no parece pasar por el “no” rotundo y ausente, sino por el “cómo” gradual y presente. Se trata de acompañar, de dialogar sobre lo que ocurre en las pantallas, de regular las plataformas sí, pero sobre todo, de regularnos como comunidad educadora.

La pregunta final, por tanto, se invierte: no es qué debemos prohibirles a ellos, sino qué estamos dispuestos a aprender y a construir nosotros. El pacto, al final, debe ser entre adultos. Los niños y adolescentes solo esperan, quizás, que dejemos de ser huérfanos para poder ser sus guías