La edición 2026, celebrada entre el 24 de enero y el 1 de febrero, no fue solo una fiesta: fue un espejo donde se reflejaron la vitalidad eterna del género, el emotivo relevo generacional y un debate intenso sobre los límites en el escenario mayor de la Argentina.
Cosquín es más que un festival; es la matriz originaria, la madre indiscutida de la música y la danza popular argentina. Desde 1961, este escenario ha sido el trampolín sagrado y el templo de consagración para las voces que después recorrerían el país de punta a punta. Figuras como Mercedes Sosa y Atahualpa Yupanqui dejaron aquí su huella imborrable, forjando una tradición donde cada guitarra, cada bombo y cada voz cantan a la tierra, al lugar y a la gente, tejiendo la identidad de una nación.
La Sole: De revelación a abanderada, un legado de 30 años
Este año, una figura sintetizó como ninguna ese legado y su proyección al futuro: Soledad Pastorutti. Se cumplieron tres décadas de aquella noche mágica del 26 de enero de 1996, cuando una joven de 15 años, proveniente de Arequito, desobedeciendo la indicación de “no revolear el poncho”, revolucionó el escenario y, de un solo golpe, rejuveneció y transformó para siempre el folklore.

Su historia es la historia de Cosquín: la de un talento puro descubierto en una peña, impulsado por mentores como César Isella, y que estalla ante el país entero. Hoy, La Sole es la abanderada del folklore, no solo por su carisma y su inquebrantable disciplina artística, sino por su capacidad única de tender puentes. Heredera del camino marcado por gigantes como Horacio Guarany —con quien compartió inolvidables dúos— y Mercedes Sosa, ella representa el hilo conductor que mantiene viva la llama. Su presentación en la Octava Luna fue una celebración monumental, dividida en diferentes actos que recorrieron la sonoridad de sus 30 años de carrera. Pero su mayor enseñanza es la humildad del que pasa la posta: “Fui un poco la que inició esta posibilidad… ahora también está pasando (el recambio) y está buenísimo”, reflexiona, celebrando que las nuevas generaciones se apropien del género.

La controversia: cuando la política interpela a la plaza
Sin embargo, este año, la música no fue el único sonido que resonó en la plaza. Una serie de intervenciones políticas encendió un debate profundo sobre la esencia del festival. El poeta Hugo Rivella recitó unos versos dirigidos al presidente Javier Milei —“Alguien se cree un león y es apenas una rata”— que dividieron al público entre aplausos y rechazo. La tensión subió cuando Luciana Jury, al ofrecer una chacarera, recibió un “no” colectivo poco común en Cosquín, seguido por las declaraciones de Susy Schock, quien acusó a algunos colegas de ser “alcahuetes del poder”. Este cruce reabrió la pregunta inevitable: ¿Hay un límite? La queja de un sector del público fue clara: asistían a celebrar el folklore. El incidente dejó una lección: en Cosquín, la aprobación final siempre depende de la calidad artística y del respeto por un espacio que la gente siente propio. Cuando se percibe que el discurso político busca sobreponerse al arte, la Tribu, en su sabiduría colectiva, se pronuncia.

El folklore es Tribu, y la Tribu es de todos
Cosquín 2026 dejó una enseñanza poderosa. El folklore es, ante todo, una construcción colectiva. Es la Tribu que mueve masas, que convoca, que se emociona con el debut de una joven revelación y que custodia, con fervor, el espíritu de su fiesta. Debe ser un espacio donde todas las voces encuentren refugio, pero su fin último —su único mandato sagrado— es el sostenimiento de la identidad cultural argentina. Puede, y debe, ser reflejo de su tiempo, pero nunca instrumento partidario. Porque cuando el último acorde se apaga, en el escenario Atahualpa Yupanqui, lo que perdura es el latido de un pueblo que, año tras año, renueva aquí su jura de amor a la tierra. La leyenda, efectivamente, continúa.

En la edición 2026 del Festival de Cosquín, las voces de Adrián Maggi y Abel Pintos resonaron para reflexionar sobre el momento, el vínculo con el público y la naturaleza del festival, dejando un profundo mensaje que complementa el debate generado en la Plaza Próspero Molina. Sus intervenciones, aunque no cita textual directa, representan dos pilares fundamentales para comprender el espíritu que prevalece en Cosquín: el respeto sagrado hacia la tribu que asiste a celebrar, y la defensa de la diversidad de voces dentro de un marco democrático. Estas dos perspectivas, lejos de contraponerse, delinearon el complejo y rico territorio que es Cosquín. Maggi encarnó el respeto casi reverencial por la tribu reunida, esa masa que convoca para vibrar con su identidad. Pintos, por su parte, recordó que esa tribu y sus artistas coexisten en un espacio democrático y diverso, donde la cultura se construye desde múltiples miradas.

La historia nos enseña que artistas como Mercedes Sosa y Antonio Tejada Gómez, crearon un cancionero que cantaba “al pueblo”, a sus luchas, sueños y esperanzas, sin alinearse con un partido. Canciones como “Solo le pido a Dios” (León Gieco) o “Canción con Todos” (Tejada Gómez/Isella) perduran porque expresan valores humanos universales que trascienden coyunturas políticas.
Una Tribu que decide: el público tiene la última palabra
Como se vió en los episodios de la polémica, en Cosquín existe un pacto tácito entre el artista y el público. Cuando la tribu percibe que un discurso busca opacar al canto ó a la danza, ejerce su derecho a manifestarse. Es un recordatorio poderoso de que, al final, la cultura popular es un bien colectivo, custodiado por quienes la viven y la sienten. Ese equilibrio entre libertad creativa y respeto por el encuentro común es, quizás, la mayor enseñanza que deja Cosquín año tras año.
Más allá del escenario principal, la edición 2026 del Festival de Cosquín mostró mejoras significativas en la experiencia integral para la tribu que lo visita, confirmando que la leyenda también se construye en los detalles.

Gastronomía y Peñas: un sabor que evoluciona
La comida criolla dio un salto de calidad notable respecto de años anteriores, con precios que se mantuvieron accesibles. El locro, en particular, fue todo un espectáculo de sabor tradicional. Peñas emblemáticas como "La Añoranza", un clásico del circuito, continuaron ofreciendo su ambiente cálido y su propuesta de primer nivel, consolidándose como refugio para los amantes del folklore más auténtico.
Seguridad y Logística: un festival más ordenado
Se percibió un refuerzo notable en la seguridad, con presencia policial y un enjambre de cámaras panorámicas monitoreando el perímetro de la Plaza Próspero Molina, lo que contribuyó a un clima de tranquilidad. Una novedad en la logística fue la gestión de la salida: para agilizar el flujo, las autoridades solicitaron al público "circular" una vez terminados los espectáculos principales, limitando la permanencia en los puestos aledaños. Esta medida, aunque modificó la costumbre de años anteriores de quedarse socializando por horas, buscó garantizar el orden.
El Desfile: una vitrina viva de la Argentina productiva y cultural
El tradicional desfile de delegaciones se destacó, una vez más, por su prolijidad y su profundo significado. Este año, con una creatividad maravillosa, las comparsas transformaron el corso en una vitrina móvil de la identidad y la producción nacional.

No se limitaron a la música y la danza: llevaron consigo la materia prima de sus tierras. Delegaciones santiagueñas repartieron bolsitas de mistol, los santafesinos desfilaron con canastos de trigo, tachos de leche e incluso un arado adaptado con ruedas. Los representantes de Cuyo adornaron sus coreografías con ramas de parrales de las que colgaban racimos de uvas. Cada canasta, cada producto y cada elemento escénico fue un mensaje elocuente: el folklore es la celebración de la tierra, el trabajo y la cultura de un pueblo.
Enviada Especial: Silvia Maldonado
Redaccion:Yicela Villavicencio